Los niños no son pobres, ni acaudalados. Es la situación social económica de los adultos de su entorno cercano los que definen las posibilidades que tiene ese niño de desarrollarse, de seguridad y de afecto.
Esta distinción es clave, sobre todo cuando se discute respecto a la gratuidad de la educación formal.
No es efectivo que los únicos niños descuidados por adultos provienen de familias pobres, ese análisis desborda clasismo.
La realidad es que existen muchos más adultos pobres en el mundo que acaudalados, por tanto si se analiza la población en general pareciera que el porcentaje de niños descuidados proviene mayoritariamente de hogares pobres.
Recuerdo los argumentos de cierto sector político que indicaba "no es posible que todos estudien gratis porque las familias que pueden pagarlo deberían hacerlo, ya que de lo contrario se les estaría beneficiando injustamente versus las familias pobres".
Esta frase de eslogan pareció calar hondo en las personas que han vivido profundamente en la desigualdad económica, considerándolo cierto y justo.
Pero dicho presupuesto excluye la certeza de que "La gratuidad en la educación formal no beneficia a familias que han podido o no acumular algún tipo de riqueza", sino que beneficia a los niños, niñas y adolescentes que no poseen ningún tipo de recurso propio y dependen totalmente de la "VOLUNTAD" de adultos que, independiente de su situación económica, pueden decidir si satisfacer esa necesidad o no, de manera arbitraria.
Esto expone, especialmente a los adolescentes, a la voluntariedad de adultos que pueden coartar toda posibilidad de independencia por diversos motivos, ya sea porque tienen ciertas expectativas respecto al futuro de los hijos, necesidad de aporte monetario por parte de sus hijos al sostenimiento económico del grupo familiar o simple menosprecio por la educación, entre otras razones entre las que pueden incluirse el castigo desmedido por su orientación sexual o intereses particulares.
El consolidar una educación gratuita abre las puertas a la independencia de adolescentes y adultos jóvenes que podrían activamente forjar su destino. Lo anterior con mayor razón si conseguimos leyes laborales y regulación del mercado inmobiliario que les permitan sostenerse financieramente con independencia de los padres. Algo no muy raro en economías mas razonables que la chilena.
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